lunes, 20 de agosto de 2012

Las Víctimas





No podía acallar las voces que martillaban mi cerebro.

- No tiembles, no temas, mantén la serenidad o él lo percibirá – decía una.
- ¡Idiota! ¿acaso crees que eso te salvará? – decía otra.
- ¡Ruega! ¡ruega por tu vida! – me aconsejaba una voz cobarde y lastimera.



Pero esas voces no lograban acallar las otras, las que no venían de mi interior; las de las otras víctimas, las de aquellas que ya habían sido sacrificadas.

Mis jóvenes amigas y hermanas enloquecidas de terror, revolcándose en sus propias heces, suplicando por sus vidas; asesinadas sin piedad.

- No rogaré – me decía –no rogaré - repetía, y sin embargo sabía que lo haría.

¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí? ¿Cuántas horas, cuantas noches, cuantos días? Hacía mucho que había perdido las esperanzas de sobrevivir. Tenía la seguridad de no volver a ver la dulce expresión del rostro de mi madre.

El hombre nos había encerrado, clausurando cualquier vía de escape. Una a una nos fue inmolando quien sabe a qué oscuros dioses; gozaba con ello, gozaba asesinándonos.

No comíamos; cada tanto abría la puerta para arrojarnos pedazos de carne sanguinolentos; trozos de miembros de aquellas que ya había sacrificado. Preferíamos morir de inanición antes de alimentarnos de nuestras propias compañeras. El olor a sangre y a entrañas malolientes enrarecía el aire de nuestra prisión.

El olor de su odio también infectaba el ambiente ¡cuánto nos odiaba!

Algunas, las más pequeñas, ni siquiera intentaron defenderse cuando vino en su búsqueda, sólo se dejaron apresar, resignadas a su suerte, prefiriendo que todo terminara, que la pesadilla acabara.

Yo no, yo no quería morir así.

Intentamos mimetizarnos con las sombras del sótano. Fue en vano, él nos descubría y así nos fue matando.

- No se escondan mis niñas – decía – Papá las va a encontrar - y festejaba su ocurrencia con estruendosas carcajadas.

Pasado un tiempo, del grupo juguetón y bullanguero que equivocó su lugar de juegos, sólo yo sobrevivía.

Sabía que pronto vendría en mi búsqueda y cuando todo acabara, iría por más víctimas, lo sabía, nunca acabaría su necesidad de matar.

Por un instante sentí que la razón volvía a mí, entonces supe que debía hacer. …

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El sujeto abrió la pesada puerta del sótano e iluminándose con una linterna comenzó a bajar los escalones. Riéndose entre dientes se agachó e iluminó cada rincón en busca de su víctima, disfrutaba de lo que para él era el mejor momento, había esperado al final para sacrificar a la mejor, la más fuerte, una auténtica belleza, si así podía decirse.

De pronto, desde las sombras, surgió un chillido aterrador y el hombre cayó como un fardo al ser alcanzado en el cuello por una enorme rata que, con furia demencial, le hincó sus colmillos en la yugular hasta que una explosión de sangre los ahogó a los dos. 


María Magdalena Gabetta



Pintura: "Umbral" del pintor argentino Ariel Gulluni

3 comentarios:

Giancarlo dijo...

Vacanze finite per me!! Spero che le tue vacanze siano state belle come le mie! un abbraccio...ciao

Davinia dijo...

Hola Magda¡¡¡¡

inesperado y acertadísimo final para tan monstruoso personaje, me ha encantado, a ver si tengo tiempo de visitarte más a menudo, como antes. Besitos desde Barcelona ;))) Rosa

maría magdalena gabetta dijo...

Gracias Rosa!!! una alegría te haya gustado. Besos. Magda