sábado, 18 de diciembre de 2010

El camino del Niño





Este escrito creo que no es una poesía, pero es lo que sentí y así lo dejo.

Para Navidad no debemos olvidar. Un beso a cada uno de ustedes y sus familias. Magda



Hay un niño en este mundo,
un niño pobre, de cuna pobre,
de padres pobres,
pero espíritu rico.
……………….

Entonces el niño
trabajó bajo el sol inclemente
para llevar un mendrugo de pan a su hogar,
mientras el amo contaba las monedas,
sin cesar.

……………..
Hay un niño que camina descalzo,
transitando todos los caminos,
llevando su mensaje de amor y paz,
aunque sus pies se lastimen,
aunque sus plantas sangren,
como sangrarán un día,
su cuerpo y su corazón..
………………….

Entonces el joven clavó la aguja
y miles de sueños murieron
azuzados por una sociedad
que los enferma y rebasa,
mientras un soldado, niño aún,
muere en una guerra sin causa.
…………………

Hay un niño que ama a los
niños y a los ancianos,
que ama a los pobres y los enfermos,
a la mujer y al hombre
que laboran por el sustento diario.
Pero también ama a los ricos,
y ¡oh sorpresa! su amor es tan,
tan inconmensurable,
que también abarca al villano,
al que mata y al que amparado,
en las leyes humanas decreta una guerra,
sabiendo que a su pueblo,
a la muerte, sin piedad,
condena.
……………..

Entonces la niña
levantó sus ropas ultrajadas
y preparó la soga
con la que le daría fin
a su dolor,
mientras en otro lugar, otra niña,
jugaba con sus muñecas,
en un mundo de ilusión
.
……………………

Hay un niño que su primer palabra
fue amor,
después aprendió muchas palabras más,
que fue dejando tras sus pasos,
como flores rojas entre las piedras,
que sembraban sus pies descalzos.
………………………………….

Entonces la madre
prostituyó su honra
mientras en una casucha
sus hijos languidecían ante la indiferencia,
y una púber violada esperaba
una ley que le permitiera,
acabar con otra alma.
…………………….

Ese niño, ese niño pobre,
comenzó su caminata,
desde un pesebre humilde,
hace ya tanto tiempo.
que para algunos es fácil olvidarlo,
más el niño camina aún,
intentando parar tanto dolor,
sólo con sus pequeñas manos.
----------------------------

Entonces el anciano
descubrió que su familia no existía,
que sus hijos lo abandonaban,
que la pobreza y la soledad
eran las únicas que de su lado no escapaban,
mientras otro anciano rico,
disfruta entre mujeres que lo halagan.
…………………..

¡ah! Cuantas injusticias vio el niño
cuanto rogó porque acabaran,
y mientras espera que sus ruegos sean oídos,
continúa por el mundo su camino,
prodigando amor a sus hermanos.


María Magdalena Gabetta



La pintura en esta ocasión es extraída de la Web, no conozco a su autor, pero me encantó y me pareció la más adecuada.

martes, 23 de noviembre de 2010

La negra (cuento a dos manos entre María Magdalena Gabetta y Glaudia Villafañe Correa)

Este cuento nació en el Foro de Cuentos Cortos con palabras obligatorias en la Página de los Cuentos, dónde escribí la primera parte y gracias a que me incentivó Claudia, lo continuamos entre las dos, es nuestro deseo que les agrade.








(María Magdalena):

El negro me mira con ganas, como que me desea desde que llegó a la plantación. No me importa mucho, esos negros salvajes no me dan miedo.

Yo hago sin chistar lo que la Ama me ordena y no ando como él, refunfuñando por los rincones, mascando su rabia desde que el Amo lo trajo del poblao, atado y con un lazo al cuello, como el animal que es.
La vieja Ama esta mañana me pidió que le ajustara fuerte el corset, sufre del "mal del riñón" y el "dotor" no quiere que esté sin ese aparato infernal ni un minuto del día.

Después que dejé a la vieja conforme, me fui pa' la cocina, pelé un par de cebollas y las puse en el caldero, mientras el negro malo me miraba relamiéndose. Por las dudas me guardé un cuchillo en el delantal, no juera a ser que ese "mandinga" quiera hacerle daño a esta pobre negra. No me va a agarrar descuidada, no señó.

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(Claudia):

El ama fuma nerviosa, esos cigarros oscuros que le arma el negro nuevo. Dice que necesita el pasaporte para viajar al extranjero , se le nota la preocupación en la cara, para mí esto del viaje es un delirio de ricos, que no saben qué hacer con la plata, entonces compran más negros y más bocas para alimentar, porque aquí se vive mejor que en otras plantaciones.

-Ah, sí ama, se viene un chubasco, sacaré las macetas y entraré las gallinas.

Ella asiente con un grito por sobre el trueno y sale a la lluvia mojándose los pantalones de hombre que lleva puestos.

-¡Ama, ama. no se empape que se enferma!-

-¡Dejame!- dice con tono lacónico el ama al tiempo que la negra renguea tras ella por el patio embarrado.

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(María Magdalena):

Por el camino lo vi venir, ni siguiera la lluvia intensa ni los pequeños riachos que corrían por el roquedal lo detenían, era el trashumante vendedor de baratijas, el que la Ama esperaba ansiosa, porque traía las últimas novedades de la moda citadina y la vieja no quería ser menos que sus encopetadas amigas de la gran ciudad.

Cuando llegaba a la altura del casco de la estancia, antes de bajar de su carretón, pegaba un grito fuerte y lanzaba una carcajada, ésa era su señal que había llegado. En su talega siempre traía algo para la negra y la negra le pagaba con lo único que tenía, su cuerpo.

El negro también lo vio y sus ojos brillaron como los de un centauro encolerizado. Sentí la maldición que por lo bajo escupía, pero otra vez decidí no darle importancia, cuando la Ama joven se retirase a descargar su furia en los brazos de su esposo y la anciana se adormeciese, harta de probarse menjunjes para el rostro y perfumes franceses, de revolver curiosa los cestos repletos de cintas de colores y preciosas telas; con el viajero nos esconderíamos en las caballerizas para entregarnos a los placeres de la carne; luego yo recibiría mi regalo y nos despediríamos sin un beso, hasta su próximo viaje.

Está bien que el hombre blanco tiene un cuerpo amorfo y grasiento, pero le he tomado un cierto cariño, además..... ¿Quién puede querer a una negra renga? sólo un vagabundo vendedor de ilusiones o un negro ladino y peligroso que espera el menor descuido para meterse entre mis piernas.

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(María Magdalena):

Hoy le llevé papel y tinta al Ama pa' que ella le escriba unas líneas al cura del poblao. Contra todo lo que pensaba, la vieja se apiadó de esta pobre negra y la va a mandar con el párroco, pa' que la escuenda y la proteja. El Ama sabe que los hombres de la casa se volverán locos cuando se enteren porqué el vientre me crece y que esas arcadas que me doblan entera, como si me brotaran sapos
desde el esófago, no son más que los signos de que no hubo ni emulsión ni sortilegio que impidieran que el viajante me dejara preñada. Entonces el negro malo o el amo me matarán y me tirarán pa’ que me coman los perros cimarrones que merodean la plantación.

Es de madrugada cuando el Ama me sube en el carromato que va a buscar vituallas al mercado, en una mano aprieto muy juerte la carta pa’l párroco y en la otra el pequeño topacio que en un momento de debilidad, ella me entregó por las dudas que algo más ocurriese.
Con esto podrás llegar a la ciudad si tenés que seguir viaje, me dijo y creo que estaba emocionada la vieja. Cuando me arrodillé agradecida pa’ besarle la mano, me pegó un empujón y se jue pa’ dentro.....

Cuando subía al carro me pareció ver una sombra que se
escondía en el granero, temblé pensando en el negro malo sin saber, vea usté, que el negro ahogaba con su puño un sollozo ronco que le nacía di dentro.

Cuando nos alejábamos, volví mi cabeza y por última vez miré la casona que había sido mi único hogar desde que mi madre me parió en ese mesmo granero, ¡Ay señó! que pena me dio.

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(Claudia):

¡Ay ,que destino el mío, señó! Negra y pobre pa' tener una creatura. Todavía no se me nota la panza, pero el negro malo ya lo sabe, me vio devolver la comida en la vereda del rio, cuando fui a lavarme y me encaró feo, me dijo de todo ¡hasta que le gustaba! Me sentí mejor dentro de mi amargura, es lindo que a una la quieran más que para el revolcón. El negrazo me vio salir con sus ojos ladinos entornados, menos mal que la amita le dijo que pintara
el cieloraso de la galería.
Ella mesma me dio la nota p'al cura y además le llevo unas masitas que hice ayer, bien disimuladas en la canasta bajo las papas, por las dudas, no vaya a ser que en el camino me agarren otros peones alzados y hambientos. ¡Ay señó!-

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(María Magdalena):

Aunque había imaginado en esas pocas horas que el viaje
podría ser una pesadilla, no nos cruzamos con los matreros, aunque en algunos momentos sentimos tiros y gritos a los lejos que hacían señó, que se me pararan los pelos de punta del miedo y que temblara como una novillita recién parida. Pero finalmente llegamos con bien a la capilla a la entrada del poblao y el cura me recibió con esa bondad que tienen los hombres de Dios pa' con los másnecesitaos y, en especial, en esta tierra bravía y montaraz, con los que nacimos esclavos del blanco.

El anciano párroco rápidamente me ingresó a su morada que distaba mucho de ser una casa lujosa como la que había abandonado un par de horas antes y me puso a cargo de una negra enorme y sonriente, Ña Ofelia, su ama de llaves, quien me envolvió entre sus brazos en un cálido apretón que me hizo recordar los pocos momentos de afecto que me había brindado mi madre, cuando podía dejar de lado la dureza de su carácter.

Ña Ofelia, con una agilidad que asombraba dado el volumen increíble de su cuerpo, bajó mis pocos bártulos del carruaje y le indicó al mayoral dónde estaban el agua y el heno para refrescar y alimentar la cabalgadura, dos agotados zainos, a los que había exigido al máximo para llegar antes que cantara el gallo al poblao.

Entonces señó, la negra pensó que no hay mal que por bien no venga, seguramente allí sería mejor tratada que en la Plantación y mi retoño nacería sin miedo al amo y yo viviría sin miedo al negro ladino.



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(Claudia):

¡Nació y es hembra! Apenas tiene tres días, llora poco y nada, mi pobre hijita ¿qué destino le espera en esta tierra de puros hombres? El cura me trata muy bien, pero teme le pague con ingratitud y me escape ¡No señó! -le dije yo- este santuario es mi nueva casa, viviré con Dios, usted y Ña Ofelia. Ahora que nació la Francisca, quiero que ella tenga mejor vida que esta negra pobre y renga- El padrecito suspiró con alivio y yo me jui a la huerta a buscar la verdura, la vida se hace todos los dias, igual que la ensalada.-

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(María Magdalena):

Mire usté señó, cuando ya la negra creía que todo estaba tranquilo, una noche Ña Ofelia volvió del galpón como alma que lleva el diablo, según dijo, en un talud que hay cerca del portón de entrada, había un tótem con ojos de demonio, tal cual le habían contado sus ancestros que había en estas tierras, cuando ellos arribaron de la hermosa África dónde habían sido robados para ser esclavizados.

La Ña entró persignándose, pero yo, como buena lechuguina que soy, me malicié que esos ojos endemoniados sólo podían ser de un negro ladino y disgraciado que con seguridad había seguido mis pasos.

Olvidándome que era una negra miedosa, me volví como loca pensando en la Francisca y me le jui como una leona que defiende sus cachorros a buscar a ese malnacido, a hacerle frente y rogando pa´dentro que las tentaciones de ese demonio no hicieran temblar mi decisión de echarlo como al malandrín que era.

Y vea usté señó, que el negro me estaba esperando, pero como no lo creí yo jamás ver, como un borreguito esperando a su amo; como un niño pescado haciendo travesuras y, con lágrimas en los ojos, me dijo, con un tinte de voz que no le conocía, si podía hacerse cargo de mí y de la creatura. Que al viajante lo habían matado en un entrevero y que él era un hombre dispuesto pa´cobijarnos bajo el ala. Y vea usté, ni yo me lo creía cuando me vi abrazándolo, riendo feliz, porque al final de cuentas, una tiene su corazoncito ¿vio?

Y así señó es como formamos esta familia, con la bendición del curita y con Ña Ofelia como madrina del casorio y después nos volvimos a la plantación hasta que la amita joven cuando murió el amo, nos libertó y nos dio unos pesos para comenzar nuestra vida en el poblao, hace muchos pero muchos años. Pero eso ya es otra historia señó.




Claudia y Magdalena







1er. Pintura: "Lavandera" de Laso


2da. Pintura: "La Negra Matea" (desconozco al autor - extraída de la red)



3er. Pintura: Desconozco el título y el autor - extraída de la red

viernes, 19 de noviembre de 2010

El Camposanto




Hace tiempo que salgo a caminar al amanecer; mis pasos me llevan hasta las afueras del pueblo, hasta el cementerio local. El lugar que mi tía María, “la gallega”, siempre nombraba con mucho respeto como “el camposanto”, porque decía que era tierra bendita y que los que allí moraban eran mejores que los vivos y que nunca, que ella supiera, habían hecho daño a nadie.

Por mi parte, yo nunca supe si era verdad o si sólo lo decía para convencerme de ir a llevarle flores a mis abuelos, algo que yo detestaba porque el camposanto me producía tanto miedo que luego de una de esas visitas obligadas, no podía dormir por varias noches.

Traspongo el oxidado portón de ingreso y camino por las calles arboladas, me detengo a descansar sentándome sobre una tumba y allí permanezco ensimismada en mis pensamientos, bajo la protección de un viejo cedro que me acaricia con su sombra.

Ahora no siento inquietud ni temor, por el contrario, apenas traspongo la entrada me invade una reconfortante sensación de paz; producto del silencio apenas interrumpido por el susurro del viento y el piar de algún pájaro. Sonrío recordando mis temores infantiles.

Casi siempre soy la única visitante asidua; suelo cruzarme con alguna llorosa viuda, un padre desconsolado o un visitante fugaz que cumple con su conciencia depositando flores en el panteón familiar; pero esas oportunidades son las menos frecuentes.

No puedo dejar de sentir pena por el cuerpo que ocupa la tumba sobre la que me siento a descansar, nunca he visto a nadie que venga a visitarlo, supongo que mi compañía le hace bien. Al menos no se queja, jajaja. Eso es lo bueno que tienen los que están en este lugar, no les importa si lloro o si río, si hablo o si callo. Aquí puedo ser verdaderamente yo.

Cuando las sombras se hacen más largas, regreso lentamente a mi hogar. No tengo apuro; hace años que estoy sola, tantos años que ya he perdido la cuenta.

Recorro las habitaciones, acariciando todos y cada unos de mis recuerdos que han quedado atrapados entre las viejas paredes y me encierro en mi dormitorio, recostándome sobre la cama. Con la vista fija en el techo continúo meditando sobre la vida y sus enigmas, tratando de analizarme hasta lo más profundo que me permito a mí misma.

Desde joven he sido una persona extraña, lo reconozco, una especie de bicho raro, alguien que los vecinos ignoran y los pocos amigos de juventud, hartos de mis silencios, han abandonado hace mucho tiempo.

Siempre supe que nada era casual, que todo tenía un porqué y que cada uno cosecha lo que siembra. Pero aún así, a veces, sólo a veces, me hubiese gustado escuchar una palabra amable o percibir un gesto de interés hacia mi persona.

Pero hoy fue diferente, un pequeño gato se trepó hasta el alfeizar de mi ventana y cuando quise tomarlo entre mis manos para impedir que cayese al vacío, noté como su pelambre se erizaba desde la cabeza hasta la punta de la cola y tras lanzar un terrible maullido, escapó como alma que sigue el diablo. Fue como un despertar, se hizo una luz en mi entendimiento que por un instante me encegueció y al fin comprendí que no fue casualidad que mis amigos me abandonaran ni que mis vecinos me ignoraran, tampoco fue casualidad mi temor juvenil a los cementerios que me obligó, hasta después de muerta, a pasar las noches en mi antigua casa.

María Magdalena Gabetta



Pintura (Sanguina sobre papel): "Umbral 1" de la pintora mexicana Liz Hentschel

jueves, 18 de noviembre de 2010

¡Sorpréndeme Amor!





Quisiera descubrirte Amor...
como cuando no habían caído las hojas,
como cuando el árbol aún era frondoso
y las ilusiones anidaban en su copa.

Quisiera descubrirte Amor a piel lisa,
a manos suaves, a boca turgente,
pero me conformaría,
Amor...
sólo con tenerte.

Quisiera descubrirte en la caricia,
la mirada tierna, la mano cálida
el hombro dónde apoyarme,
las lágrimas de alegría
que me produciría tenerte
Amor...
aquí en mi vida.

Quisiera que no fueran soledades,
días de tristeza, largas rutinas
horas de oficina, cigarrillos, café
y también,
¿porque no?,
horas no vividas.

Quisiera descalzarme, reír, cantar,
volver a aquellos días,
en que las ilusiones me jugaban
sorpresas,
Y tú,
Amor......
me sorprendías.

Sorpréndeme Amor,
ahora...
en estas horas de soledad infinita,
sorpréndeme con besos y caricias,
sorpréndeme con ilusiones, esperanzas,
sorpréndeme Amor......
aún estoy viva.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Siempre en mi corazón" de la pintora argentina, Marta Alvarez

lunes, 8 de noviembre de 2010

Oda al amor que vendrá




Alojaré suspiros en mis manos,
recogeré ilusiones,
y prenderé sahumerios con aromas
a sándalo.
Guiaré los minutos por el camino
de las esperanzas,
descolgaré novas, estrellas nuevas
para vestir mi horizonte
entretejiendo sueños.

Pintaré de colores insólitos
la loca inquietud de amar sin amante.
Descubriré palabras
envolviendo en tenues gasas mis
pensamientos exaltados
Seré virgen de espera
aguardando lo que vendrá,
lo que aún no está escrito
pero que me pertenece.

Arrebataré al viento
el sonido monocorde de la brisa
para que circule en mis oídos
como corcel de sueños
Viviré enajenada,
separando los labios,
aspirando con ansias.

Erigiré un Faro que ilumine
mi mundo,
indicando el camino
a los dioses benignos,
para que la vida me invada,
y el amor que me esquiva,
que me elude y me evita,
llegue al fin a mis playas.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Ilusión" de la pintora María Cristina Faleroni

domingo, 31 de octubre de 2010

Se fue un Hombre





A veces una persona se va
y no deja nada tras de sí,
otras veces, una persona muere,
y lo acompaña el dolor de sus familiares y amigos,
otras veces, las menos,
el dolor y congoja de muchos
se hace presente en forma espontánea y sorpresiva,
- para muchos otros –

Se fue un hombre,
un ser humano con sus aciertos y sus errores,
con su ímpetu y también con sus dejadeces
- todos las tenemos –
con sus convicciones y sus luchas,
- no todas acertadas –
pero que produjeron un cambio
- innegable incluso a quienes lo repudiaban –

Se fue un hombre que admiré desde lejos
y que sentí cerca, muy cerca.
Un hombre a quien le preocuparon las mismas cosas
que siempre me preocuparon,
y que en su corto tiempo trató de cambiar,
y que algunas cambió, otras quedaron,
para los que continúan su camino.

Un hombre que tocó sin miedo
oscuros entramados de poder económico
arraigados con el tiempo,
y que reconoció a los pobres como iguales,
a sus hijos como argentinos
y a sus mujeres como madres.
y que nos hizo pensar
- a algunos –
que aún había esperanzas, que aún podíamos
tener un futuro digno y diferente,
para todos.

Un ser humano se fue y algunos
- no yo, no mis iguales –
festejaron como el triunfo nefasto
de quienes no podían enfrentarlo en vida.
triste triunfo, si es que existen triunfos,
cuando se acalla una voz diferente
por la muerte y no por la palabra y el pensamiento justo.

Se fue un hombre amado por muchos,
repudiado por otros tantos,
se fue un sembrador de sueños,
y nosotros ….
- los que lo amábamos –
debemos cosechar y volver a sembrar
por la dignidad, que muchos,
habíamos sepultado.


María Magdalena Gabetta
Pido perdón a mis lectores por no subir una pintura para ilustrar este poema, creo que esta foto merece ese lugar

Maná del Cielo





Miro embelesada
la tinta negra que dibujan las letras,
las letras que forman las palabras,
las palabras que construyen el verso,
los versos que nacen en poema
irracionalmente cautiva, me siento inmersa,
fatalmente superada
por el mágico ingenio del poeta.

Indiscreta, ingreso por el sendero
que sus letras me perfilaron
hasta lograr vislumbrar su centro vital,
seduciéndome con su inspiración.

Esa luz que desprende su razón
me baña en cálidas secuencias
convirtiéndome en partícipe de su ensoñación,
aunque solo soy una mera espectadora
que de sus palabras se alimenta

Maná del cielo,
su lluvia inspirada mi alma limpia,
mientras mi ávida mente se alimenta,
golosa insaciable,
de sus idealizadas historias.

Entonces río o lloro,
me estremezco, me apasiono,
me elevo y me hundo con sus sentimientos,
deslumbrada por su luz interior,
enceguecida, obnubilada,
porque no hay algo más bello
que calcinar mis ojos
en el fuego inmortal de sus letras.



María Magdalena Gabetta



Pintura:"Floralia" del pintor mexicano Alfredo Zumaya (extraída de la red y a la espera de la aprobación del pintor)

domingo, 24 de octubre de 2010

Otoño anticipado




Siento el crujir de secas hojas
bajo mi paso
en este otoño anticipado,
con este frío interior no deseado,
con esta muerte de palomas,
con este emigrar de golondrinas,
sin aviso previo.

Oscuro el sol se ríe
de este frío interior que me supera,
reservando sus luminosos rayos
para otros corazones más cálidos.
mientras la luna me esquiva
en su ronda nocturna
cuando la incertidumbre
y la angustia me asaltan
desvelándome entre sollozos.

Largas horas.
Luengos días.
Eternas noches.
El reloj me asalta sin piedad
y se muere en el minutero,
víctima de una agonía cruel,
sin aceptar médicos de cabecera
ni pócimas mágicas que lo revivan.

Mi piel se sacude turbada
por temperatura encontradas,
entre la exterior que la calcina
y la interior que la congela,
en este tórrido verano
con otoño anticipado.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Danza de las hojas" de la pintora argentina, Elsa Bouza Campos

jueves, 21 de octubre de 2010

El árbol de los imposibles




- Regresará.

- ¿pronto?

- No lo sé, seguramente después de encontrar el árbol.

- ¿Los que buscan el árbol regresan siempre?

- Si lo encuentran sí, hallar el árbol les devuelve fuerzas y alegría.

- ¿quien fue el primero?

- Ya lo has escuchado muchas veces.

- Mamá, porfi, quiero escucharlo de nuevo- rogó la niña.


El abuelo había partido hacía dos días, lo había hecho sin despedidas, desde entonces Clarita no dejaba de preguntar por él. Larisa intuía que había ido tras una leyenda.

“Hace muchos años” – comenzó Larisa, resignada – “en una granja igual a ésta, vivía una niña con su madre y su abuelo; el abuelo que era muy anciano, sentía temor que llegase el día en que no podría cuidar más a su familia; apenas tenía fuerzas para realizar sus tareas o ir hasta el bosque a buscar leña para calentar el hogar.

Todos los días rogaba porque ocurriera un milagro, temía morir y dejar solas a su nuera y su nieta. Sabía lo que ellas necesitaban de su apoyo desde que su hijo partiera a la guerra.

Un amanecer, caminando por el bosque en busca de la preciada leña, a un costado de “un árbol caído” encontró un pequeño retoño dorado, sorprendido se acercó y agachándose tocó las brillantes hojas sin poder creer lo que veía, el retoño parecía ser de oro. Aún no había salido de su estupor cuando escuchó un carraspeo a sus espaldas, al darse vuelta se encontró frente a un gran oso negro.

Aterrorizado no supo que hacer; en ese instante por su mente pasaron las dos mujeres y sintió un dolor agudo al pensar que no las vería más. Durante varios minutos permanecieron mirándose, estudiándose, hasta que al fin, para su mayor sorpresa, el oso habló.


“Hombre, no temas, hace tiempo que te estoy esperando, a partir de este momento tu serás el guardián del Árbol de los Imposibles, deberás limpiar su entorno de malas hierbas, retirar los bichitos de sus hojas y realizar todas las tareas de un buen jardinero para que crezca fuerte y a su sombra puedan ampararse todos los puros de corazón que busquen consuelo a su dolor; en pago por ello, recobrarás tu salud y podrás atender las necesidades de tu hogar hasta que ya no necesiten de tu presencia; entonces llegará un nuevo guardián que ocupe tu lugar porque también él habrá rogado con fervor solución a sus problemas.

Y así fue; el anciano vivió muchos años más, se sentía fuerte y sano, acompañó y cuidó su familia hasta que su hijo volvió de la guerra; entonces el anciano supo que era hora y se dirigió al bosque a encontrar a su reemplazante”.

Cuando terminó el relato, notó que la niña se había dormido, con ternura la levantó en brazos para llevarla hasta su cama, en ese instante, al mirar por la ventana, vio al abuelo que abría la puerta del jardín, caminaba erguido y con una enorme sonrisa. Había regresado a casa.


María Magdalena Gabetta



Pintura: "Calidez en el Bosque" del pintor argentino, Martín Carrique

lunes, 11 de octubre de 2010

Halagada por las sombras


Ya no soy un vórtice de sentimientos,
ni un sonido de guitarra,
ni siquiera un poema tirado en el cesto,
que arrugaron unas manos,
en un espasmo de ingenio.

Desveladas madrugadas
me encuentran solitaria,
y una paloma gris se despereza
en el alfeizar de la ventana,
prediciendo partidas
hacia un destino incierto..

Invento arcoíris entre las nubes,
o disparo bengalas multicolores,
para que me encuentre la luz,
pero sólo consigo pequeñas gotas,
que se dispersan sin rozarme
mientras me arrumbo en las sombras,
que reclaman mi presencia,
hechizándome con sus halagos.

No inspiran mis ojos al poeta,
ni mi aroma trae el recuerdo
de pieles húmedas de pasión,
me desconozco, diluyéndome incolora,
apenas una brizna del universo

Encuentro un punto fijo,
inverso a mis anhelos,
cercano a mi realidad,
dónde las sombras de otras sombras
me amparan piadosas,
mostrándome una apertura
a un espacio diferente,
y descubro, liberada al fin,
que aún en las sombras,
existo.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Ex Umbra In Solem" (desde la sombra a la luz) de la pintora argentina, Mercedes Fariña

domingo, 10 de octubre de 2010

El Caracol

De ese roto y desgastado caracol
que el mar depositó en mi playa
rescato susurros de otras playas,
risas de niños...
sonidos de besos....
voces de poetas...
cantos erráticos de
enamorados suicidas .
Rescato barriletes
y fogatas de leños crepitando
al ocaso
o apagándose entre suspiros
al amanecer

De ese roto y desgastado caracol
que apoyo en mi oído
rescato tu voz
a través del hilo de un teléfono
marino
que me invade en olas
y me eleva en sus crestas
hasta depositarme en la playa
de tus sueños
convertida en fina arena
deslizándome entre tus dedos.

De ese roto y desgastado caracol
rescato el sonido de alas surcando
el infinito
ángeles que acercan sus rostros
de pinturas del medioevo
y acarician mis oídos
mientras mi alma se evade
entre las espirales del caracol
convertida en sonido
en busca de oídos que quieran
escuchar la melodía
que se eleva sutil
como un arpegio de vida


María Magdalena Gabetta


Pintura: "Imagine" de Liz Hentschel

domingo, 3 de octubre de 2010

La Dorotea




En la habitación sólo se escuchaban los quejidos de “la Dorotea” y las órdenes de la comadrona. La mujeres corrían silenciosas, con ollas de agua hirviente y toallas blancas.

Los quejidos eran tapados por la algarabía del exterior, ecos de los que llegaban al corso. La mayoría en carruajes o caballos que dejaban atados a palenques antes de ingresar al centro del poblado.

Dorotea era la hija huérfana de quienes en vida fueran puesteros en la Estancia de los Hernández. La “Señora” se apiadó de la niña llevándola a vivir a la casona que su difunto esposo había erigido en el poblado, una enorme mansión con reminiscencias victorianas que había diseñado y amoblado un gran arquitecto de Buenos Aires.

Allí la Dorotea fue una “criadita” más; tuvo techo y comida, pero no cariño.

Cuando la niña cumplió diez años ya ayudaba en la cocina y a los catorce trabajaba a la par de las otras criadas. Creció fuerte y musculosa. Tenía la belleza agreste de las flores del campo y en su cuerpo la elástica firmeza del puma que merodeaba en el monte.

A pesar que nunca recibió palabras de afecto, la joven respetaba a esa viuda enérgica que manejaba con mano férrea las posesiones de los Hernández. Su único hijo, Luis, era un perfecto imbécil, un parásito que sólo sabía gastar dinero y que pasaba la mayor parte de su tiempo haciendo vida de "niño bien" en Buenos Aires; una carga más para su madre.

Cuando Luis contrajo matrimonio con una apática y enfermiza joven de la sociedad porteña y se trasladaron en forma definitiva a la mansión materna, las cosas empeoraron. Un halo de tristeza envolvía constantemente la casona y los silencios en la mesa familiar eran densos. El hombre mostraba su descontento y la anciana veía peligrar su descendencia. La joven esposa era estéril.

La Señora era consciente de las miradas lujuriosas de Luis sobre Dorotea y en su mente, comenzó a germinar una idea, algo que no era ajeno a las costumbres de la época, algo que muchas familias utilizaban para asegurar su poderío y descendencia.
Su propio padre lo había hecho hasta conseguir el hijo varón que su madre no le brindaba ¡quien sabe cuantas hermanas y hermanos bastardos tendría!

Hubo reuniones familiares, llantos y palabras fuertes. La débil esposa tuvo que acceder a la implacable decisión de su suegra y el hombre vio la posibilidad de saciar su apetito carnal. Nadie preguntó a “La Dorotea” su opinión.

El nacimiento del heredero de los Hernández sucedió la primera noche de Carnaval de ese año de 1826 y unos pocos días más tarde, un carruaje se alejó de la señorial casona llevando en su interior a una pálida Dorotea hacia el lejano convento dónde viviría el resto de sus días.



María Magdalena Gabetta
Pintura: "La casa de los Quinteros" del pintor uruguayo, Pedro Blanes Viale

Obra Perfecta - Primer Canto




Dejó un ángel las lágrimas de sus ojos
deslizarse desde el infinito hacia la tierra,
y las flores brotaron de la piedra
abriendo presurosas sus pétalos
para empaparse de agua divina.

De cada gota de rocío
que la flor recogió en sus pétalos
beberé sedienta el elixir sagrado,
mientras escucho los acordes
de una música gloriosa
que se eleva in crescendo en el aire,

Un querubín inquieto tomó
un juego de pinceles
y pintó su mejor obra.

Natura resplandeció en colores.

Si de cada cosa que admiro y me rodea,
puedo retener por siempre en mi memoria,
su imagen, su sonido o su aroma,
alcanzaría la esencia pura de la vida,
permitiendo a mi alma regocijarse,
de la generosidad divina.

Recostado en una nube,
otro ángel creó su mejor partitura,
y todo lo silencioso desapareció
al escucharse la música de Natura...


En demasía se prodigaron dones
sobre esta tierra.

Por ello ansío la lágrima del ángel,
que me empape de sabiduría,
y así broten desde la piedra,
palabras bellas.


Pido se abran mis ojos y mis oídos.
para absorber una minúscula parte
de la obra perfecta que me rodea,
y poder así bajo el ímpetu sensorial,
que tanta belleza en mí despierta,
restituir parte de lo que recibo,
con mis humildes letras.



María Magdalena Gabetta


Pintura: "Bosque con Girasoles" del pintor ecuatoriano Julio Peña Tomalá

domingo, 5 de septiembre de 2010

Amores Prohibidos





Yo espero por ti de la misma manera
que tú vienes a mí,
desnudos de ropajes que nos gastó
la vida,
ofrenda impía en la hoguera sensual
que nos consume y nos execra.

Yo espero por ti con flores de ilusión
que me rodean,
con avecillas trémulas que aletean
cosquillando en el vórtice de mi boca,
con labios que se prohibieron el beso
y que hoy se ofrecen vehementes
a esta pasión que arrasa y enaltece
derrocando prejuicios y barreras.

Acaricio la tersura de tus manos,
me impregno de tu aroma varonil,
suspiro apretada entre tus brazos,
palpitando ante la promesa de la entrega..

Y te beso........ por fin....... te beso,
barriendo con todas las angustias,
deteniendo todos los relojes
que marcaron impiadosos la cruel espera,
renaciendo ante la urgente tersura
de tu boca.

Por fin .......mi boca se fusiona con tu boca,
Por fin ...... absorbo tu respiración
Por fin .......intercambiamos alientos
Por fin........nos suspiramos y aspiramos,
Húmedos de pasión,
bebiéndonos, traspasándonos.

Nos acunamos mecidos en la mágica fruición
del beso prohibido culebreándonos el alma,
y por fin..............
unidos en el anatema del pecado,
derribamos las rejas que nos aprisionaban,
amándonos sin temores ni prejuicios..

María Magdalena Gabetta


Pintura: "Unidad" del pintor ecuatoriano, Eduardo Kingman

Socorro Sánchez




A veces cuesta comenzar de nuevo, mejor dicho, siempre cuesta comenzar de nuevo. Es difícil dejar de lado partes de nuestra vida, borrar todo de un plumazo y comenzar un nuevo capítulo.

Para Socorro Sánchez todo había sido comenzar de nuevo, desde que tenía uso de razón siempre tuvo que tener a mano una goma para borrar decepciones y una lapicera para volver a escribir esperanzas.

Por lo que le contaron las monjitas de la “caridad”, supo que su madre biológica la había abandonado en el portal de la Iglesia de Los Dominicos, nada original por cierto; en la época en que ella nació, época tumultuosa de conflictos políticos, de tiranías y luchas internas por imponer la voz del autoritarismo a la voz del pueblo, muchas madres guerrilleras habían abandonado sus hijos en ese portal dónde pensarían quizás, que estarían más amparados que si vivieran con ellas en el monte o en la clandestinidad.

De su niñez no recordaba mucho, sólo que había aprendido a decir mamá y papá a diferentes personas y luego olvidar que había aprendido a decirlo, eso ocurrió en varias oportunidades; cada vez que cambiaba de hogar. Lo que nunca entendió fue el porqué de tantos cambios. Ella no hacía nada diferente a lo que hacían los demás niños, sin embargo todo lo que hacía les parecía mal a sus mamás y papás de turno y sin decir agua va, la devolvían al hospicio diciendo que era una criatura peligrosa y que seguramente llevaba en la sangre las ideas revolucionarias de sus padres.

Cuando tuvo la suficiente edad para darse cuenta que ella no era igual a los demás, que debería esforzarse en demostrar ser mucho mejor hija, mejor nieta, mejor sobrina; además de ser más callada, más humilde, más obediente y agradecida que cualquiera de las hijas de las amigas de su “madre”; ese día adquirió finalmente el derecho a tener un lugar en el mundo, es decir, adquirió un “hogar y un apellido”. Allí comenzó a llamarse Socorro Sánchez.

La primera vez que su “padre” abusó de ella, supo que tenía que callar para no perder lo que había conseguido. Cuando el hermano de su padre y sus amigos hicieron lo mismo burlándose de ella, llamándola “la pequeña puta revolucionaria”, supo que era necesario huir y empezar de nuevo. Con apenas 16 años sentía que tenía edad suficiente para poder defenderse sola, si bien tuvo que soportar muchas situaciones abusivas en su búsqueda de trabajo, situaciones que había borrado definitivamente de su mente por el asco y el temor que esos recuerdos le provocaban, logró conseguir un puesto de mucama cama adentro en la casa de una señora de la “sociedad”, que al verla joven y necesitada, pensó sacar provecho de la situación, pagándole lo mínimo y no dudó en contratarla sin referencias.

Allí trabajó un par de años hasta que la señora que la “quería como a una hija”, la puso de patitas en la calle cuando encontró a su hijo adolescente masturbándose mientras la espiaba por la claraboya del baño. Sin decir una palabra en su defensa, Socorro armó sus petates y nuevamente salió a buscar vida.

Por intermedio de una mucama con la cual había hecho amistad por trabajar en casas linderas, consiguió trabajo como empleada de limpieza de unas oficinas en el centro de la ciudad; el sueldo le alcanzaba apenas para pagar una pieza en una pensión dónde escaseaba la limpieza y abundaban las ratas y alimentarse malamente, pero ella se sentía feliz de tener un trabajo decente.

El dueño de las oficinas, un contador entrado en años pero de buena presencia, que la trataba con mucha amabilidad y deferencia, una mañana la sorprendió pidiéndole compartir una relación, a cambio le ofreció un sobresueldo bastante importante y mudarse a un pequeño departamento que tenía cercano a las oficinas dónde la joven podría vivir mientras fueran “amigos”. Socorro sopesó la situación y decidió aceptar pensando que ella no merecía nada mejor y que ese hombre, al menos era sincero y amable con ella.

Ella continuó con sus tareas habituales, no cambió su estilo de vida ni su carácter y previendo que lo bueno dura poco, ahorró con mucho tino, porque en un par de años el anciano falleció y el hijo mayor que ya se había anoticiado de sus amoríos, la echó sin miramientos.

Decidida a darle un cambio radical a su vida, con parte del dinero ahorrado alquiló una modesta casita en los suburbios e instaló un pequeño taller de costura, agradeciendo que su última “madre” le hubiese enseñado a coser cuando terminó sus estudios primarios, ya que la mujer pensaba que no valía la pena gastar dinero para brindarle una educación más calificada; además, siendo supuesta hija de guerrilleros, no era imposible que si se educaba, la lectura de libros despertase en ella los mismos ideales equivocados que habían tenido sus padres.

Remiendos, ruedos, alguna que otra pollera, ojales, arreglar una blusita, achicar un pantalón, pegar unas puntillas y hasta la confección de un sencillo traje de novia, eran sus especialidades y, en un barrio humilde dónde es difícil comprar ropa nueva, una modista siempre tiene trabajo. Pronto corrió la voz de la excelencia de su labor, su buen carácter, su buen gusto y don de gentes, lo que hizo que en poco tiempo tuviese una buena clientela que le permitía vivir sin sobresaltos.

En su paso obligatorio al almacén del barrio se encontraba un taller mecánico propiedad de un descendiente de polacos, un grandulón con rostro bondadoso y mirada de niño. El “Polaco” como lo apodaban, quedó prendado apenas vio a Socorro. No pasó mucho tiempo que venciendo su natural timidez comenzó a piropearla en su idioma paterno; la muchacha le agradecía con una sonrisa sin entender ni una palabra de lo que decía, pero suponiendo que eran cosas lindas y así, en poco tiempo, entre piropos de un lado y sonrisas del otro, el Polaco tomó coraje y se le declaró.

La madre del Polaco, doña Rosario, viuda desde hacía muchos años y con un único hijo que hasta ese momento había creído se convertiría en solterón y no le daría la dicha de convertirla en abuela; rápidamente se encariñó con esa joven morena, callada y trabajadora. Ella siempre había querido tener una hija y ahora la vida le daba esa oportunidad. Fue una época muy buena para los tres.

Socorro por primera vez se sentía contenida, tenía un hombre que la quería y respetaba. No podía pedir más a la vida, por fin había llegado a buen puerto.

Cuando el Polaco le confesó que la deseaba en demasía para esperar hasta el día del casamiento, a ella le pareció bien y se entregó a él con toda la pasión y confianza que el hombre le inspiraba, pensando que por primera vez en su vida se merecía estar con alguien que amaba y que la amaba.

Entre planes y preparativos para la boda, Socorro comenzó a sentir la necesidad de confiar a su enamorado todas las vicisitudes por las cuales había atravesado. Pero, a decir verdad, no se sentía con mucho coraje para abordar un tema por el cual él nunca se había preocupado.

Una única vez, al principio de la relación, le había preguntado por su familia y ella le contestó que era sola en el mundo. Muy bien, respondió él dando por terminado el tema y jamás volvió a preguntar nada.

Pasaban los días, la fecha de la boda se acercaba y Socorro comenzó a sentir temor a que una vez más algo le hiciera borrar un tramo de su vida y tener que comenzar nuevamente. Una mañana decidió confiarse primero con su futura suegra y amiga.

Con decisión caminó las pocas cuadras que la separaban de la casa de su novio, que a esa hora ya se encontraba en el taller, y se apersonó ante doña Rosario con el pretexto de charlar y tomar unos mates. La mujer, feliz de recibirla, pronto preparó el mate y los bizcochos.

Socorro con la tranquilidad y la paz que tienen las personas valientes y sinceras, comenzó a contarle cada paso de su historia, desde el momento en que (según le habían dicho) la habían abandonado en el portal de la Iglesia de Los Dominicos, hasta el momento en que había decidido vivir como modista de barrio, no excluyó nada, ni su origen dudoso, ni sus diferentes familias, ni los abusos recibidos, ni siquiera omitió al anciano del que fue amante; puso toda su vida frente a doña Rosario y con cada palabra sentía que se iba liberando.

A medida que avanzaba en la historia veía que la mujer se ponía más y más pálida y hubo momentos en que creyó que al finalizar su relato, la buena señora le diría que desapareciera de sus vidas. Pero aún así continuó hablando, tampoco le ocultó algo que hasta ese momento se había ocultado a sí misma, como entre sueños se encontró revelándole el intenso y doloroso deseo de buscar a su madre, de encontrar su verdad y de disfrutar con ella si es que estaba viva. Ella la entendía, su madre, a su manera, la había salvado.

Cuando al fin terminó de hablar, doña Rosario la abrazó muy fuerte y con voz emocionada le pidió perdón. Socorro no podía creer lo que escuchaba, ¿porqué esa mujer le pedía perdón? atontada y con la vista nublada por las lágrimas volvió a escuchar a doña Rosario repitiendo, perdón, perdón por todo el daño que te han hecho y también gracias, por haber sobrevivido a ello y haber puesto tu mejor empeño en lograr una vida mejor, sin perder esos valores que sin percibirlos vos misma, son parte de tu verdadera esencia. Y gracias también a esa madre que te dio la vida y que ahora te prometo en nombre mío y de mi hijo te ayudaremos a encontrar, para que puedas abrazarla como me abrazas a mí hoy o rezar una plegaria sobre su tumba.

Mientras las dos mujeres volvían a abrazarse con emoción Socorro tuvo la seguridad de que ya nunca más tendría que borrar una etapa de su vida para comenzar de nuevo.


María Magdalena Gabetta

Pintura: "La Costurera" del pintor mexicano, Agustín Lazo

Dos Hermanos




Quien siembra vientos cosecha tempestades, pensaba mientras caminaba hacia la pequeña casita enclavada en medio de La Pampa. Raúl me esperaba en ella, hacía dos años que no nos veíamos.

A pesar que un abandonado camino de tierra llevaba desde la ruta hasta la casa, preferí dejar el auto a un costado de la tranquera, a la sombra de unos árboles y hacer el trayecto a pie. No era mucha la distancia y la caminata me distendería de las largas horas de tensión por haber manejado desde la capital hasta ese lugar.

- ¿Porqué allí? No puedo creer que hayas estado todo este tiempo metido en ese agujero – esa había sido mi respuesta a su llamada del día anterior, cuando sorprendido escuché su voz después de tanto tiempo.

- Vení, necesito que hablemos.

Yo también necesitaba hablar con él. Fui. El último pueblo lo había dejado atrás hacía más de veinte kilómetros. Deduje que Raúl había hecho ese trayecto caminando para llegar hasta un teléfono público y comunicarse.

"Allí" era el lugar dónde había nacido el abuelo y dónde transcurrieron sus primeros años de vida, hasta que su padre, un hombre joven y ambicioso, harto de la miseria en la que sobrevivían en ese lejano paraje, tomó la decisión de subir su familia en un destartalado carro y encaminarse a buscar fortuna a la ciudad.

Mal no le fue, tras años de pelearla de todas las formas posibles, el bisabuelo hizo plata y nunca regresó, el abuelo tampoco, ni nadie de la familia. Éramos ricos, muy ricos y los ricos no gustan de recordar miserias.

El abuelo siempre hablaba con orgullo de su padre, un hombre con una especial inteligencia para los negocios. Nosotros, a medida que fuimos creciendo y cuando ya no estaba el abuelo para contarnos cuentos de hadas sobre su padre, supimos que el bisabuelo había sido un tramposo.

Había hecho su fortuna estafando a gente pobre como él, apoderándose de lo que tenían y por lo que supimos, hasta había sido capaz de matar. En síntesis, éramos ricos, pero la plata de la que disfrutábamos había tenido su origen en la mugre. Mucho no nos importó, es decir, a mí no me importó. Los negocios eran ahora lo más honestos posible, aunque conservaban un fondo de sordidez, algo que Raúl nunca terminó de aceptar.

Él era el sanguíneo, el temperamental y también el más débil. Yo siempre fui el más callado, el cerebral, pero el más fuerte. Nunca acepté debilidades de nadie, ni nada que obstruyera mi camino, ni acepté no tener lo que se me negaba, en eso seguramente me parecía al bisabuelo.
Un día, Raúl entró inesperadamente a mi oficina en el décimo piso de nuestra empresa. Yo estaba ahogado bajo pilas de papeles con infinitos problemas por resolver y cuando vi su sonrisa radiante y su gesto de entusiasmo, me asombré; por dos razones, primero, porque nunca entraba a mi oficina y segundo, porque hacía mucho que no le veía tan contento.

- ¿Sabías de la casa en La Pampa? – me espetó con su mejor sonrisa.

Traté de ordenar mis ideas para darle una respuesta, no recordaba que hubiéramos comprado nada en La Pampa.

- La casa de los abuelos – continuó contestándose a sí mismo - encontré las escrituras buscando unos papeles en la caja fuerte de papá. Este fin de semana fui a verla - remató, ampliando su sonrisa.

- Debe ser una pocilga – contesté con poco interés.

- ¡Es una pocilga! – confirmó - pero es un lugar fantástico, de mucha paz ¡me gustó!

Había pasado mucho tiempo desde ese día, nunca más volvimos a hablar de la casa, me olvidé por completo que existía, hasta ayer.

Ahora un Raúl demacrado y mal vestido me esperaba en la puerta. Dolía verlo así, hecho una piltrafa; traté de sonreír. Nos abrazamos en el reencuentro. La emoción cerró mi garganta, era mi hermano.

- Quedémonos aquí afuera, está más fresco.

Nos sentamos en un tronco que a modo de banco se apoyaba contra la pared; unos bichos repugnantes se deslizaban entre los resquicios del sucio adobe, traté de ignorarlos. Interiormente agradecí que no me invitara a pasar.

Le ofrecí un cigarrillo que aceptó ávido. Debía hacer mucho tiempo que no fumaba, o por lo menos que no fumaba algo bueno. Saqué mi encendedor encendiéndolo, casi al unísono acercamos nuestros cigarrillos a la llama, una costumbre que habíamos tenido desde pibes, cuando usábamos fósforos, usar la misma llama.

Se recostó contra la pared entornando los ojos mientras disfrutaba del ingreso del tabaco de primera marca a sus pulmones.

Nos mantuvimos en silencio, ninguno se atrevía a decir la primera palabra.

- Fuiste vos ¿verdad? – la aseveración seguida de pregunta me tomó desprevenido. Debí haberlo supuesto, él no era estúpido, dos años, para repasar una y otra vez los hechos, unir cabos sueltos, recordar gestos, hasta llegar a la conclusión justa.

- Sí, fui yo – contesté luego de un silencio, no valía la pena que lo negara.

Había sido fácil inculparlo del asesinato de Martha, él siempre había sido la oveja negra de la familia, descarriado, borracho, mujeriego, jugador empedernido. Que violara y matara a su esposa en un altercado familiar, no había sorprendido a nadie. Todos sabían que se llevaban mal. Todos ignoraban que yo estaba obsesionado con ella. La deseaba y la odiaba por no ser mía.

Una noche Raúl llegó borracho, discutieron, él le pegó una cachetada, ella lo echó del dormitorio, él se durmió sobre el sofá, anestesiado de alcohol. No escuchó los gritos.

Nadie creyó en su inocencia, ni nuestros padres; todo lo inculpaba. Inútil fue que gritara que la amaba a pesar de su vida disipada y sus estúpidas discusiones. Desapareció mientras su abogado intentaba que no lo llevaran preso y nunca más supimos de él. Hasta ayer.

Su mirada era apagada, sin vida. No lo sorprendió mi respuesta, ya la sabía de antemano, como también sabía que había ido a matarlo, después de todo, ya estaba muerto hacía rato.


María Magdalena Gabetta


Pintura: "El Taruman" del pintor uruguayo Guzmán García Lenguas

domingo, 15 de agosto de 2010

GRITO DE LIBERTAD

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El Conventillo





“El Conventillo” había conocido épocas mejores, fue cuando el Señor Iturbe aún no había perdido toda su fortuna y mantenía intacta la vieja casona con sus muchas habitaciones que daban a un patio central. Él era, por ese entonces y, según contaban los antiguos moradores del barrio, un “niño bien” que nunca trabajó en su vida y siempre vivió como el mejor.

Pero el juego, las mujeres y la buena vida lo habían obligado a ir vendiendo una tras otra todas sus pertenencias hasta terminar por completo con la herencia de sus padres, salvando a duras penas la propiedad de la calle Caseros, la casa de sus ancestros, de la que vendió hasta los sanitarios.

La casa quedó casi totalmente desmantelada, con sus habitaciones vacías frente a la galería que la recorría en forma circular y el inmenso patio dónde un aljibe colonial preservaba su antigua belleza.

Cuando ya no hubo qué vender llegaron los inquilinos, humildes familias que se fueron ubicando en cada habitación por un módico precio, una pieza por familia sin importar la cantidad de miembros que la constituían. Obreros, una modista, un maestro desocupado que trabajaba de albañil, una mujer de la noche, semi-ocupados que vivían de la changa del día y un enjambre de niños

- Parecen conejos – solía decir el Señor Iturbe, quien ya a esta altura de los acontecimientos era un hombre enfermo, solo y amargado que se había guardado para sí la mejor habitación de lo que fuera la finca orgullo de su familia.

En ese inquilinato coexistían inmigrantes en su mayoría españoles e italianos en busca de un mundo mejor, lejos de sus países castigados por diferentes guerras y audaces soñadores que habían arribado desde el interior del país, deslumbrados por la pujanza que parecía emanar de la gran ciudad. Todos habían terminado con sus huesos en el inquilinato. Gente pobre, gente sufrida y sobre todo, gente honesta.

En el barrio los conocían como “los del conventillo” y al Señor Iturbe lo respetaban porque era “el dueño”. Eran un mundo dentro de otro mundo no mucho mejor que el de ellos. Pagaban con orgullo su alquiler y a veces eso les costaba pasar hambre, pero tenían un techo que los cobijaba y nunca faltaba una mano solidaria que alcanzara un pan recién horneado en una cocina vecina o una olla de un caldo dónde apenas asomaba un hueso, que para las panzas vacías era un bálsamo que aliviaba el hambre.

En el conventillo se armaban y desarmaban historias, se festejaba y se lloraba en comunidad, se compartía lo bueno y lo malo como si se tratara de una sola familia. Las madres que no trabajaban cuidaban los hijos de las que sí lo hacían y el maestro les enseñaba a sumar, leer y escribir cuando dejaba la pala de albañil después de su extensa jornada, mientras la modista en su tiempo libre remendaba la ropa de los vecinos con recortes que quedaban de sus primorosos trabajos para las señoras del vecindario. Estaban unidos por los lazos que se forjan en la miseria y el afán por sobrevivir. Bondadosos y serviciales, no escatimaban su solidaridad extendiéndola hasta con el amargado del “dueño” a quien cuidaron como a uno más de ellos cuando enfermó gravemente.

Cuando el señor Iturbe murió, los abogados intimaron el desalojo para cobrarse con la venta de la propiedad, parte de las deudas que aún subsistían al occiso y, una tras otra, las familias con esa resignación que tenían los pobres de antaño, armaron sus petates sin revuelos al ser obligadas a buscar otro lugar, otro inquilinato dónde cobijar a los suyos.

Nunca olvidaré las lágrimas de mi madre cuando se despidió de tanta gente querida con la que había compartido tantos años y, en los ojos de mi padre, el maestro, aún me parece ver brillar la emoción que provocaba la partida de ése lugar en la calle Caseros que fue el primer hogar que conocí en mi vida y que me enseñó que el ser pobre no es tan malo cuando se es íntegro.

María Magdalena Gabetta



Cuento publicado en la revista "Darse Vuelta - Nº 14" declarada de interés municipal en la ciudad de Puerto Madryn - Chubut - Argentina


Pintura: "La Boca" de mi primo, el músico y pintor argentino radicado en España. Gustavo Gabetta

jueves, 1 de julio de 2010

Aires de Julio




Aires de Julio….

No quiero aguanieve ni hojas yertas,
es cálido mi hábitat,
no pretendan congelarlo.

A la gélida caricia
que se desliza por mis hombros,
la ahuyento con hebras de sol,
que atesoré prediciendo este frío letal..

Bailo descalza bajo la luna,
exorcizando a las neviscas,
con un giro de estrellas que me envuelve,
inundándome de luz.

Aires de Julio,
no quieran abatirme….

Hay otra vida bajo la escarcha…
sobre la helada superficie,
sólo los intrépidos se atreven.

El hombre hormiga me observa,
inconsistente mujer del aire,
robo pétalos a una rosa tardía,
y los disuelvo en mi boca,
seduciéndolo..

Un copo de nieve se desliza por mi rostro,
mis pies descalzos se hielan,
y el hombre hormiga me recita un poema,
que me entibia la sangre..

Desde un balcón, una sombra,,
arroja pétalos intentando atraerme,
huyo presurosa ……
me asusta una jaula de cristal,
con vista a los hielos eternos..

Aires de Julio,
no quieran retenerme …..

El hombre hormiga inventa
un globo de múltiples colores,
su destino es el sol,
y allí me trepo…..


María Magdalena Gabetta



Dibujo de la Pintora Paraguaya, Adriana Villagra : "Serie Aristolochia 3. Basado en las fotografías de Karl Blossfeldt."

domingo, 13 de junio de 2010

Cuentas Saldadas




desde la óptica imaginaria de un pintor


Nada te debo mar,
nada me debes,
hemos saldado cuentas.
No trates de engatusarme con tu plácido
fluctuar de mansas aguas,
te he visto, furioso y destructor,
derrotando de un solo golpe
las más altas murallas.

No me incites con tu sensualidad,
modelo versátil de ondulantes formas,
que exaltan el espíritu,
seduciendo con tus pragmáticos vaivenes
mis antojadizas musas.

He robado con mi acuarela los colores
prístinos de tu entorno,
para plasmar en el óleo tu nobleza.
Ensayo imágenes.
Oculto tu bravura.
Atempero tonalidades.
Enaltezco cielos para enmarcarte,.
mientras, desde tu fondo,
braman intrépidas criaturas
de misteriosa negrura.

He pagado mi deuda.
Nada te debo.
Nada me debes.
Hemos mezclado tu excelso linaje
y mi estirpe humana,
logrando una simbiosis de energía,
pariendo desde mis exaltados trazos,
una réplica magnífica de tu grandeza.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Dunas, mar y cielo" del pintor argentino, Martín Carrique

miércoles, 9 de junio de 2010

¡¡¡Enamórate!!!







Enamórate.... no lo dudes.

Enamórate de la vida,
de la gente,
del aire, del agua, de las flores,
de las hormigas y de las abejas
de lo que camina, se arrastra
o lo que vuela.

Enamórate de la humanidad entera.

Enamórate del que da todo
de sí sin pedir a cambio nada,
del vecino, del amigo,
del artista, el pintor y el poeta.

Enamórate del proletario,
del obrero que siempre agacha su cabeza,
y de aquél que del lodo levanta,
con orgullo su pobreza.

Enamórate del estudioso,
del creyente,
del piadoso,
del que se duele del dolor ajeno,
del que peca y se arrepiente,
del que camina por la calle
a tu lado y te sonríe.

Enamórate sin dudarlo.......
de las almas buenas.

Enamórate de la luz y de la sombra,
del día y su alegría,
de la noche cuando acaricia
los jazmines
y esparce su aroma con la brisa.

Enamórate de la vida...

Enamórate por estar vivo,
susúrrale al eco tus amores
para que los devuelva en gritos,
y enamórate de mi .....
porque eres el principio y el fin ......
de los amores míos.

María Magdalena Gabetta


Pintura: "Mujer con Girasoles" del Pintor Ecuatoriano Julio César Peña Tomalá

miércoles, 2 de junio de 2010

Al Atardecer




Caminan los enamorados,
halagados por el viento,
enardecida su sangre,
por el encuentro secreto.

Suspira ella, se emociona él,
los envuelve del amor,
su abrasador sortilegio.
Pronto serán dos amantes,
cuando regresen del cerro.

La magia que los rodea,
es la magia de lo eterno,
Como eternos son los ocres
que iluminan ese cielo.

Es un anochecer mágico, irreal.
Un instante único,
en el que conjugan armoniosas,
las glorias del universo.

Desde las rocas brotan melodías,
son manantiales de agua cristalina,
que por la tierra van sembrando,
mensajes de amor y vida.

Los árboles cobijan
los elfos de la noche
mientras las tímidas estrellas
esperan ocultas entre nubes
a que la luna se despliegue
con todo su esplendor de diosa.

Suspira ella, se emociona él,
la magia los va envolviendo,
Pronto serán dos amantes,
cuando regresen del cerro.



María Magdalena Gabetta




Pintura: "El Paseo al Atardecer" de Vincent Van Gogh


(aunque no es mi costumbre subir obras de pintores que no sean Sudamericanos o Españoles, en este caso me inspiré en este cuadro y no puedo cambiar de imagen)

martes, 1 de junio de 2010

Niña de los Decires



Dicen que dos mariposas
se prendieron de tus ojos,
Ay niña de los decires
quien pudiera ser tu antojo
y así disfrutar por siempre
meciéndome en la marea
de tus suspiros tan dulces
como zumo de cereza.
Dicen porque mucho dicen
los que te viven rondando
dicen que eres flor impura
que me tienes embrujado.

Desde la vera del río
dónde florecen los juncos
me incitas y yo obedezco
atrapado en tus embrujos.

Y si recibo algún beso
de tus labios palpitantes
aunque digan lo que digan,
seré tu mejor amante.

No olvides a este poeta
ay niña de los decires
que en mi pecho ya has grabado
una cruz de cicatrices.

Dejo en tu puerta estos versos
Para que tu los recojas
y sepas de la locura
Que esta pasión me provoca.

¡Ayy niña de los decires
cómo deseo tu boca!.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Muchacha con Flores" de la pintora chilena, Pilar Ríos (extraído de la red hasta que pueda contactarme con la pintora)

viernes, 28 de mayo de 2010

¡Préstame niña tus sueños!





Préstame niña un sueño
de magníficos corsarios
y princesas encantadas,
un sueño de fantasías
que me envuelvan con un manto,
de doradas florecillas
y de mágico encanto.

Préstame un sueño
de alegrías y aventuras,
de risas sin sobresaltos,
mientras hadas de colores,
me arrebujan con su canto.

Un sueño de días felices,
dónde no pesen los años,
dónde brillen las estrellas,
allí arriba, allí muy alto.

Descansa tranquila niña,
arrellánate en la cama,
mientras un coro de grillos,
te canta una dulce nana.

Cuando la noche se extienda,
y antes que llegue el mañana,
con los reflejos de luna
te tejeré una bufanda,
para que al despertar, mi niña,
la encuentres bajo tu almohada.

¡Préstame tus sueños niña,
de gnomos, duendes y hadas!

A los duendes pediré,
alas albas, albas alas,
para recorrer tu mundo
de inocentes esperanzas
¿acaso no son tus sueños,
como palomas blancas?



María Magdalena Gabetta
Pintura: "de la Serie Personitas" de la pintora argentina Laura Medina

jueves, 27 de mayo de 2010

Azucena Blanca



Esparce el trigo,
su cosecha de oro en mis recuerdos,
y la piel se me vuelve azucena,
azucena blanca.

y yo canto…..

Amor que te quiero amor,
ansias del corazón, ave inquieta,
amanecer de lunas desquiciadas,
que ruedan entre las piedras,
como hilos de agua mansa.

y yo canto…
y yo veo….

Cascabeles de plata
en el horizonte oscuro de tus ojos
y en la curva generosa de tus labios,
que vienen………
sembrando ansias.

luna amanecida…
piel de azucena…
agüita mansa….

Las ansias se vuelven palomas
que escapan de mis dedos,
buscando las sienes febriles,
de la pasión desbordada.

y yo canto…
y yo veo…
y yo siento..
que la luna se llena de mañanas,
que el amor es agüita cristalina
y el sol se hace oro en mis trigales.

ah, mi piel que se vuelve azucena,
azucena blanca

María Magdalena Gabetta
Pintura: "Alas del Deseo", de la pintora argentina María Elena Granzella (a la espera de la aprobación de la pintora)

domingo, 23 de mayo de 2010

Escape de una Naturaleza Muerta


Me atrapaste en un sueño,
yo venía de lejos,
de las pesadillas sin luna,
de un mundo de manos secas
dónde habitan los desposeídos,
sombríos personajes de un universo paralelo,
de soledades de vidrieras,
de pasquines enlutados,
de silencios profundos.

Huí en una voluta de humo,
cuando el sueño rodaba entre los árboles,
y mis ansias se volvían aves,
intentando abandonar el nido yerto.

Me rescataste de mi mundo de papel,
de mis naturalezas muertas,
lo hiciste a bordo de una cáscara de nuez,
(frágil veleta ante mis tempestades)
navegando por los mares de mi incredulidad,
abatiendo mis defensas.

Corporizaste la realidad
de un despertar diferente,
aniquilando malas profecías,
restaurándole vida a la pintura opaca
de ese cuadro desteñido y arrumbado
en el que me encontraba inmersa.
restaurando el verdadero color
a mi mustio paisaje,
el sonido a la escena otrora muda,
y el placer de disfrutar la pasión,
como almíbar de higo maduro,
escurriéndose en mi boca.


María Magdalena Gabetta



Pintura: "Mujer en gris con cartuchos rojos" del pintor ecuatoriano, Julio Peña Tomalá

Rebelión al Dolor


Se vuelven gachas las horas,
sobrepeso indeseado en las espaldas,
y esa enorme angustia interior
que fluye descontrolada.

Dicen los labios las palabras cuchillo
y la conciencia fenece,
agraviada por la impotencia
que la condición humana conlleva.

Se prende la mirada de un imaginario
Crucifijo, buscando alivio
mientras las manos se anudan,
impedidas de caricias.

Se rebela el espíritu ante el dolor
lo sobrepasa la ira,
se escurre, fuego incontenible,
lacerando al inocente que lo enfrenta,
cual piedra que golpea sin aviso.

Se rebela la conciencia a los relojes,
a las inescrutables horas venideras,
ilusa transformista se prende
como mariposa de talco al minutero,
mas la mariposa es leve cual suspiro,
y el minutero continúa su giro,
impertérrito.

Entonces la mentada madurez
cobarde retrocede,
colocándose en posición fetal ante la vida,
sin saber si llorar o gritar,
sin saber si besar o pegar,
porque cuando quiere acariciar,
tan sólo deja heridas.


María Magdalena Gabetta


Pintura: "Cuerpo Roto" de la pintora argentina, Marta Cella

jueves, 13 de mayo de 2010

Huída de Ángeles



Cuando vuelvo atrás...
- insensata víctima de mis desvaríos-
trepada en esta rueca de vida y muerte,
que me lleva incorpórea y sufriente
a recorrer de nuevo los tiempos fenecidos,
aún lloro la huída de los ángeles,
que apartaron mi figura de sus ojos.

Cuando regreso a mi pasado…
a esos momentos en que se escindió mi cuerpo,
y se perdió mi alma,
aún siento los cuchillos del dolor
atravesando mis entrañas,
el mismo ruido seco de la carne
al desgarrarse,
y el mismo olor acre
de la sangre derramada,
por su propio y suicida deseo.

Hoy como ayer
tu ausencia es una constante
y las sombras me abrazan
con sus brazos de muerte,
reconociendo mi orfandad de luz.

Entonces me pregunto,
¿dónde estabas
cuando enmudecieron las horas?
¿dónde estabas cuando por un resquicio
sanguinolento se extraviaron mi sueños?
¿Dónde estabas,
el día que los ángeles huyeron
negándome su consuelo?

Hoy como ayer,
se hace estigma tu abandono en mis llagas,
infligiéndome la penitencia
del retorno irremediable al dolor.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "Recuerdos" de la serie "Mujer con Tubos" del Pintor Ecuatoriano, Julio Peña Tomalá

martes, 11 de mayo de 2010

Miscelánea de Ausencia




Enfrentando la Noche

Envuelta en la neblina de la distancia,
tu figura asoma con la fuerza que da la ausencia
y llega hasta mi con la potencia de un tornado,
arrasando todas mis defensas,
produciendo en mi interior
un vendaval de sensaciones,
que me desborda y supera.


En las grises noches de insomnio,
deambulo por las calles de mi imaginación
buscándote en las esquinas de mi nostalgia.
Los perros de la ausencia me muerden
inyectándome el virus de la angustia
que trepa, enroscándose en mi cuello,
sofocándome junto al deseo insatisfecho
que ruge sin cauce en mi interior.


Enfrentando el Día

Amanece y desde mi ventana oteo el horizonte
buscando respuestas, adivinando imágenes,
mientras el sol que asoma me entristece,
imaginando la luna que baña con sus rayos
el mismo instante en que mi mente te evoca.

Pongo en mi mochila todas las mañanas
una foto, una carta y una poesía
tomo unos mates, fumo un cigarrillo,
y en el cálculo del tiempo de tu ausencia
con un signo de nostalgias, sumo otro día.


María Magdalena Gabetta



Pintura: "Serena de Cuerpo y Dolor en el Alma" de la pintora argentina, Marta Álvarez

sábado, 8 de mayo de 2010

Viento de Otoño




Me duele este devenir de horas
sin sustento.
Este viento de otoño que me acomete
con ráfagas de ausencia.
Este vivir sobreviviendo
el día a día,
envuelta
en una bruma y helada indiferencia
que no reconozco mía.

No soy yo la que cada día
se levanta sin analizar lo que sucede,
sin siquiera pensar que hoy
será otra vez igual que ayer.
idéntico a mañana,
fríos amaneceres de cama solitaria,
oscuras noches sin compañía,
en este otoño invasor y no deseado,
que llegó para no irse
de mi vida.

No más aroma a café en la cocina,
diarios sobre la mesa, humo de cigarrillos,
mi miradas a dúo por la ventana,
adivinando como será el nuevo día,
con la rutinaria, magnífica y nunca valorada,
sensación que brinda
una primavera compartida.

Nada de eso en estos días de silencio.
Nada de eso en esta sucesión de grises.
Nada de eso en el día a día,
sólo esta extraña indiferencia
que me acomete como viento de otoño,
empañando los cristales de mis ojos
con una lluvia monótona y fría.


María Magdalena Gabetta



Pintura: "Árbol" de la pintora argentina, Marta Álvarez

miércoles, 5 de mayo de 2010

Temo


Temo perder, por mal uso,
esa necesidad de amar
que me acomete,
esa sensual flojedad ante una figura,
que imagino,
ese deslizarme apasionada,
tras una presencia,
que me atrapa.

Temo perder, a pesar de protegerla,
esa espontánea capacidad de sorprenderme,
con la vida,
y ese inmenso anhelo de morir amando,
quizás,
algún día.

Temo que me agobien las horas y,
me venzan,
temo que me arranquen,
sin piedad,
esta desmedida necesidad
de amar,
la vida.

Temo esos días de sol que se ven grises,
esas inmensas nubes que se pierden,
a lo lejos,
y no ver tras la tormenta
el azul límpido del cielo,
temo,
saberme irremediablemente ciega,
aún viendo.


María Magdalena Gabetta



Pintura: "Entrelasada", de la pintora argentina, Marta Álvarez




domingo, 14 de marzo de 2010

Morder el Polvo





Sorteando obstáculos
resistiéndome a lutos no pedidos,
lenguas y orgasmos
extraviados en pieles ajenas,
nubes de amargo humo,
sombras de implacables olvidos
aplastándome de narices contra el suelo.

Tantas veces levanté la cabeza,
tantas veces laceré mis rodillas.

Aspirando el polvo infecto,
mil veces ultrajado,
mil veces gastado.
Polvo que se desprende de huesos,
de este frágil e inventado universo
que se desgrana sin remedio
desbarrancando montañas de utopías.

Tantas veces me levanté de nuevo,
tantas veces di sobre el suelo

Tantas veces levanté la cabeza,
altanera y orgullosa
aspirando seducir al destino
invirtiendo a mi favor
los ejes de lo inevitable,
intentando huir del ojo de la tormenta.

Tantas veces lo intenté,
tantas veces mordí el polvo
de mis propios huesos.

María Magdalena Gabetta



Pintura: "Despegue" de la pintora argentina, Adriana Pascucci

sábado, 20 de febrero de 2010

Camposanto de Amor




Vuelvo a recorrer esa calle gris,
Camposanto de amores fallidos
en que dejé sepultado mi pasado.
Mientras me envuelve el llamado engañoso
de voces traspasando la agusanada tierra,
envolviéndome el alma de nostalgias
de sueños compartidos.


Esquivo negros buitres y sobre una tumba,
con luces de neón,
impensado tu nombre me arrebata la razón.
Se licua mi sangre y mi corazón se agita
ante el recuerdo de besos palpitantes,
cuerpos cubiertos con la fina pátina del deseo,
manos y ojos avariciosos,
sexos ardiendo.


Entonces pienso que fácil sería
descorrer ese frío mármol que te aprisiona,
y cual Lázaro amante regresarte a la vida.
Pero ese buitre que me mira codiciando
las lágrimas sangrientas que mi corazón derrama,
me susurra que el recuerdo trae engaños,
porque en el tiempo se desdibujan los errores,
que es conveniente dejarlos sepultados.


Desoigo entonces tu llamado,
sello mis labios para no suplicar tu regreso,
cierro mis oídos y apago el incipiente fuego,
mientras con el alma hecha trizas entre las manos,
me pierdo en mi helado infierno.


María Magdalena Gabetta


Pintura: "Deskarmada" de la pintora argentina "Marta Álvarez
"

lunes, 1 de febrero de 2010

Saga de Golondrinas



No te rindas, atrévete a volar,
deja tu estela indeleble
sobre el firmamento,
homenajea a tus congéneres abatidos
por la ignominia.
Reconquista horizontes.
Tú que ciega naciste,
descubre la luz,
esa luz que templa en acero
la mente y el alma.

Inaugura tu viaje magistral
sobre este mundo sin esperanzas,
postrer ejemplar de tu especie,
vuela sobre los descarnados despojos
de una idealidad crucificada.

Despliega tus relucientes alas
uniendo tu errar al de otras aves,
alíate al cóndor y al gorrión,
valientes ocupantes de cumbres y balcones,
resistentes sobrevivientes
a la iniquidad humana,
que todo lo destruye
en pos de ídolos profanos.

Dibújame con el negro brillante de tus plumas
o el blanco níveo de tu pecho,
un futuro de retorno a la esperanza
un recuerdo de mártires anónimos
surcando los cielos de mi patria.

Vuela alto, rompe cadenas,
libre y emblemática,
última golondrina de tu saga
de utópicos incurables,
o muere en libertad,
abrazada al sol,
que en el horizonte,
en rojas lágrimas de impotencia
se desangra.



María Magdalena Gabetta



Pintura: "Golondrinas" de la pintora uruguaya, María Noel

jueves, 14 de enero de 2010

La Sequía




Ver esa basta extensión de tierra daba pena. Seca, agrietada, gris. Atrás quedaron sus días de esplendor cuando el verde reinaba por doquier. Unos pocos arbustos desperdigados, agonizaban con sus raíces expuestas al sol, la tierra los estaba vomitando de sus entrañas.

La figura alta y enjuta de la mujer, parecía tan muerta como el entorno, estatua granítica oteando el horizonte envuelto en una nube de polvo. Esperando.

El mísero rancho a sus espaldas, unos perros flacos y pulgosos acostados a un costado y un pequeño gallinero en el que un par de pollos esperaban su sentencia, completaban el paisaje.

La nube de polvo envolvía el vehículo que se acercaba rodando sobre la greda floja que cubría el camino, levantándola a su paso. La mujer que lo conducía, se estremeció al reconocer el paisaje. Nada había variado.

Volver a ver esos grises parajes en los que el mundo parecía haberse convertido en el mismo infierno, no hacía más que retrotraerla en el tiempo y producirle un fuerte dolor en el pecho. Le pareció verse niña, salir riendo del entonces blanco y cuidado rancho y correr con los perros por los sembradíos bebiéndose los vientos, aromados por las flores silvestres desperdigadas por el campo. Dónde antes hubo una naturaleza viva y palpitante, ahora sólo había desolación.

Pero eso no era reciente, la noche en que escapó, sus pies, apenas protegidos por unas alpargatas rotosas, no pisaban húmeda gramilla, pisaban tierra dura y seca. La sequía ya se había instalado en el lugar. Sacudió la cabeza ahuyentando recuerdos. Instintivamente acomodó sus pies en los cómodos zapatos que ahora calzaba.

Estacionó cerca de la mujer que se mantenía erguida, mirándola, sin una sonrisa. Con la garganta atravesada por un nudo, Ana bajó del vehículo y se acercó a ella sintiendo que las piernas le temblaban.

No quería mostrar debilidad, intentó sonreír. La amaba. Durante años pensó en ese momento; mañana, tarde y noche. La imaginaba sola en el páramo, alimentándose de cualquier cosa, sobreviviendo a duras penas con los pocos pesos que ella le enviaba con un vendedor ambulante, antiguo amigo de su padre.

Al principio el hombre le devolvía los sobres diciendo que su madre no había querido recibirlos, pero Ana insistió con los envíos y finalmente no regresaron. Eso la alivió, no era mucho, pero tendría para lo más necesario.

- Hola mamá – su voz sonó ronca, casi inaudible, apretada por el nudo que le oprimía la garganta.

Al verla de cerca no pudo más e impulsivamente, como cuando era niña, la abrazó con fuerza, besándole el rostro varias veces. La sintió impávida frente a su emotivo abrazo.

- Hola Ana.

La voz seguía siendo hermosa. Ana siempre dijo que su madre tenía una de las voces más hermosas que había escuchado. Sólo dos palabras, pero las suficientes para traer miles de recuerdos.

La vio en el coro de la capilla cercana, cantando orgullosa, alta, joven, bella. La vio lavando ropa en la parte trasera del rancho, el fuentón repleto de agua jabonosa sobre una mesa de madera y su madre cantando alegre, mientras el sol hacía brillar el tono cobrizo de su larga cabellera.

- Tanto tiempo mamá – el nudo en la garganta no cedía - te he extrañado.

Silencio. Silencio y recuerdos.

- Inés, Inés – la voz de los fantasmas regresaban – Inés, corré, corré al monte, el Fabián está malherido.

Veía a Inés, su madre, corriendo enloquecida y ella corriendo atrás, sin saber qué encontrarían.

Fabián era su padre. Un hombre alto, protector y fuerte como ninguno. Ana recordaba su sonrisa y sus brazos levantándola en el aire. Un cerdo salvaje le arrancó la vida cuando intentaba cazarlo. Una jugarreta sangrienta en la dura existencia de los hombres de esos lares.

Las imágenes y sonidos retornaron invadiendo el presente. Los gritos de su madre; el llanto desgarrador, el entierro. Junto con la muerte del padre llegó la sequía y la pobreza. Luego sobrevino su hartazgo de convivir con una Inés que había quedado muerta en vida y luego, su huida. No quería para sí esa vida de miserias, ni para sí, ni para su madre.

Las dos mujeres se miraban; una con amor, la otra, como si sus ojos no vieran o vieran hacia atrás, mucho más atrás de ese presente y esa joven mujer que estaba frente a ella. Sorpresivamente el rostro de la mayor se aflojó y una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla, sus hombros se abatieron. Ana transida de emoción volvió a abrazarla y mientras el llanto afluía sin control entre las dos, sintió el nacimiento de una pequeñísima esperanza.

De pronto, otro llanto. Distinto, imperativo, exigente. Era el de la pequeña que había despertado en el auto, reclamando el pecho de su madre. Ana sonrió y tomó a Inés de los hombros.

- Vení mamá, vení a conocer a tu nieta. Ella, mi esposo y yo queremos que vengas a nuestra casa. He venido a buscarte.

Estrechamente abrazadas las dos mujeres se acercaron al auto. Después de todo, la sequía no había terminado de destruirlas.


María Magdalena Gabetta
Pintura: "La Esperanza" de la pintora tucumana (Argentina) Teresa del Valle Drube Laumann