martes, 24 de febrero de 2009

Mi Abuelo Nogal





Los recuerdos del abuelo son de mi más tierna infancia y su rostro bondadoso, con seguridad uno de los primeros que vi en esta vida, ha quedado grabado a fuego en mi mente y en mi corazón.

Él era distinto a las otras personas, en mi niñez nunca me plantee el porqué, así lo conocí y así lo acepté con esa simpleza con la que los niños aceptan las cosas de la vida. Recién muchos años después, al cruzar el umbral hacia la adolescencia y ya cuando el abuelo no podía movilizarse por sus propios medios, supe, por mi padre, el porqué él era diferente.

El abuelo, mientras pudo, trabajó como albañil de sol a sol, de lunes a lunes, para lograr reunir el dinero que le permitiese comprar un amplio terreno en las afueras del pueblo, un terreno especial, verde y repleto de florcillas silvestres, una suave pradera con una pequeña loma en la parte posterior. Ese pedazo de tierra se destacaba entre los que lo circundaban y su corazón saltaba de gozo de sólo pensar que algún día podría ser suyo.

Cada vez que pasaba frente al lote, se detenía unos minutos a soñar con la casa que anhelaba construir para su familia, luego imaginaba el gran patio con una hermosa huerta y frutales, dónde retozarían sus hijos y seguramente sus nietos.

Era su sueño, lo que siempre anheló poseer cuando abandonó su pequeño pueblo, allá en Italia.

El abuelo trabajó mucho y la abuela colaboró ahorrando en los gastos del hogar y con unos pesos que ganaba lavando y planchando "para afuera". Vendieron también las pocas joyas que tenían y que conservaban por "si las cosas no nos salen bien", pequeñas joyas que pasaron de generación en generación en la familia de la abuela y que recibió de manos de su madre como "dote". Me contaron que no vertió ni una sola lágrima al desprenderse de lo que ella siempre pensó conservar para ofrendar a sus propias hijas.

Nunca se arrepintió de la decisión tomada, era una mujer fuerte y quería, junto con su esposo, tener su propia casa, una casa para la gran familia que planificaron cuando eran apenas dos jóvenes enamorados en esa tierra ahora tan lejana.

El día que el abuelo volvió con los papeles de la propiedad, la abuela horneó un rico bizcochuelo y mató su mejor gallina. Hubo festejo en la humilde vivienda que alquilaban por ese entonces.

Lo primero que hicieron en el terreno fue plantar un nogal, lo hicieron justo en la loma, "crecerá con la familia", fue el pensamiento de ambos; luego continuaron los sacrificios, hasta que, un buen día, se mudaron a la piecita que construyó el abuelo en sus horas libres, que eran bien pocas por cierto. Pero eso no importó, era gente acostumbrada a luchar, habían logrado dar el primer paso y eran felices. El nogal crecía fuerte y firme, aferrado a la tierra. El mejor árbol para la mejor familia.

Cuando se mudaron ya tenían un par de hijos, luego vinieron más, la familia se amplió y la casa también.

La casa que yo conocí era humilde, totalmente blanqueada a la cal, con grandes y aireadas habitaciones y una enorme cocina; tenía un precioso jardín dónde las rosas se destacaban por su belleza y las margaritas, las preferidas de la abuela, se lucían en colmados canteros junto a rojos malvones. Contra la pared de la cocina que daba al patio, una parra se enredaba en un armazón formando un toldo fresco y tupido, bajo el cual, en verano, las mujeres de la casa colocaban largas mesas a cuyo alrededor se reunía toda la familia en los días festivos.

Tras el jardín, el abuelo había hecho una gran huerta, pletórica de verduras y frutales y, más atrás aún, sobre la pequeña lomada, en su sitio preferencial, el nogal, el primer habitante del lugar, se elevaba sobre el resto extendiendo sus ramas en ademán de protección.

Un sendero de ladrillos recorría todo el terreno, desde la puerta trasera de la cocina hasta el nogal. Bajo su tupida sombra había un rudimentario banco de piedras, desde donde el abuelo podía apreciar toda la belleza de su "feudo", como gustaba llamarlo. Allí pasaba muchas horas en su vejez y allí lo vi por última vez.

Él fue siempre, a mis ojos de niño, alto y cálido como el nogal, aunque su cuerpo era levemente encorvado, sus manos se sacudían como si tuvieran vida propia y le costaba caminar; pero siempre estaba de buen humor, contaba hermosas historias y hacía bromas sobre sí mismo y sobre su torpeza y nosotros, inocentes de todo, reíamos con él.

Cuando yo era casi un muchacho comprendí que algo en él no estaba bien y quise saber qué le ocurría. En su ancianidad, tanto su cuerpo como su rostro habían adquirido una mayor rigidez, su mirada permanecía fija y ya no nos contaba historias.

Mis hermanos y yo nos sentábamos a su alrededor cuando lo llevaban hasta el banco bajo el nogal; allí hablábamos de infinidad de temas propios de nuestra edad y que no nos atrevíamos a hablar con nuestros padres o, simplemente, tocábamos con nuestras guitarras sus canciones predilectas. Aunque sus manos aleteaban como palomas heridas, aún su caricia en nuestras cabezas nos transmitían su amor incondicional.

Una tarde, tomé coraje y se lo pregunté a mi padre, así supe que padecía una extraña y desconocida enfermedad, por lo menos para mí, que se llamaba "Parkinson" y contra la cual había luchado denodadamente durante muchos años.

- Joaquín – dijo mi padre, después de haberme dado una explicación lo más sencilla posible de los perjuicios que ocasionaba ese mal en una persona -, el abuelo lucha contra su enfermedad desde antes que vos nacieras, aún así terminó de construir con sus manos la casa, hizo la huerta y ayudó a la abuela con el jardín. A medida que los años pasaban hubo momentos en que se sentía flaquear y todos temíamos que se desmoronara, pero rápidamente se reponía gracias a su fuerza de voluntad y así, con mucho esfuerzo, pudo llegar a ver sus sueños cumplidos.

La casa de los abuelos sigue en pie, el nogal aunque viejo, todavía da sombra y frutos y, cada vez que lo veo no puedo dejar de compararlo con el abuelo, porque así lo recuerda mi corazón de niño, alto, fuerte, acogedor y colmado de amor para todos.

Cuando algún problema me agobia, suelo ir con mis hijos hasta la vieja casa, mis pasos indefectiblemente me llevan hasta el banco de piedra bajo el nogal, allí me siento un buen rato a descansar mientras los observo corretear por el amplio predio, ruidosos, felices y despreocupados; en esos momentos siento como si el espíritu del abuelo me invadiera brindándome toda esa fuerza que él tenía y que tanto lo ayudó a no flaquear ante los reveses de la vida. Él siempre fue mi ejemplo a seguir y esté dónde esté, espero no defraudarlo jamás.

María Magdalena Gabetta


Pintura: "Campo de Margaritas" del Pintor Español, Feliciano Moya

8 comentarios:

El jardinero de las nubes dijo...

Bello escrito, tu pluma es de una riqueza que conmueve hasta las lágrimas, y por ende lo has decorado con el pincel de mi querido y entrañable amigo, genio entre los pintores, Feliciano Moya.

Un abrazo a los dos.

El jardinero de las nubes dijo...

Bello escrito, tu pluma es de una riqueza que conmueve hasta las lágrimas, y por ende lo has decorado con el pincel de mi querido y entrañable amigo, genio entre los pintores, Feliciano Moya.

Un abrazo a los dos.

Laura dijo...

En este momento quisiera tener tu don para describir la emoción que me trajo tu relato.
Una mezcla de nostalgia y añoranza que me transportaron a mi niñez donde no hubo ni campo ni nogal pero sí se respiraba ese ambiente de felicidad, de familia, de unión
Besos Magda

beto dijo...

magdush,al igual que lo lamentó tu amiga Laura, me falta ese algo que me permita mostrar las cosas en la forma que solo tu logras hacerlo.

La descripción de tu abuelo, sus penurias y alegrías, todo una vida relatada como si una película fuera, cada detalle arranca otro pedazo del corazón del lector, y no es posible evitar el acumulamiento de líquido ocular, comunmente llamado lágrimas.

Un SI grande para esta cuentera!!!

beto

Isoba dijo...

Hola, Magdalena.
Me alegro que hayas regresado a tu casa.

Muy buen relato sobre tus abuelos.
Ya te tengo en Face...

Un beso. Y cambia el enlace de Isoba a Sangre mortal. El que tienes está out.

Davinia dijo...

Que bellos recuerdos nos vienen a la memoria cuando pensamos en nuestra infancia, es una etapa que nos marca de por vida y que es un pilar fundamental en la formación de nuestro carácter...

Que bien nos describes la vida de sacrificio para lograr un sueño y nos haces vislumbrar ese nogal y a ese abuelo, tan fuertes y robustos los dos. Muchas gracias Magda.

Besos para todos.

medianoche dijo...

Un hermoso relato lleno de ternura y recuerdos que perdurara siempre, la nostalgia se hace presente al leerlo, es como ver la misma vida de aquellos días felices que el tiempo se llevo con los seres queridos, pero que están presente siempre, me ah encantado tu relato Magda, tan bien narrado, me gustaría saber cómo puedo enlazarte a mi blog para tenerte cerca.

Un beso enorme

Rosario

Mariana dijo...

MARIA :
ME HAS EMOCIONADO HASTA LAS LÁGRIMAS TE FELICITO A TI Y A TU ABUELO,EXCELENTE ESCRITO!!!
Saludos desde Mar del PLATA